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Manos a la Obra: la esquina donde nadie queda solo

Desde un espacio que nació a pulmón y creció entre oficios, escucha y acompañamiento, la charla puso en primer plano una forma concreta de estar cerca de quienes atraviesan momentos difíciles.

En los estudios de Sur +, durante una nueva emisión de SUR + En Vivo, Leticia Pieretti recibió a Matías Ramallo e Isaías Di Benedetto, dos de los jóvenes que forman parte de Manos a la Obra. No estaban solos: Mariano Cardinali, Franco Colazo y Pablo Herrera acompañaban desde atrás, como acompañan en la vida diaria del espacio.

Manos a la Obra nació hace siete años, primero en la casa de Mariano y luego en un local ubicado frente a la Municipalidad, al lado de Cáritas. Empezó con diez pibes, bicicletas prestadas o remendadas, cadetería, una huerta en barrio San Lorenzo y más voluntad que recursos. “Fueron más las perdidas, que las ganadas”, recordó Isaías, aunque enseguida puso el acento en la perseverancia, un eje que pareció atravesar todo el relato.

El proyecto funciona como un centro de día para jóvenes en situación de calle, con consumos problemáticos, recaídas, angustias hondas o momentos en los que la vida se vuelve demasiado pesada. Allí se trabaja en herrería, huerta, cadetería, albañilería, carpintería, jardinería, electricidad, panadería, peluquería, uñas. Pero los oficios no alcanzan para explicar lo que pasa en esa esquina de Yrigoyen y Sarmiento. 

La ayuda, en ese universo, no es algo que pueda simplificarse en lo material: “También en ese estar presente para el otro, en un abrazo, una charla”, contó Isaías que llegó a Manos a la Obra cuando tenía 16 años. Había dejado su casa después de conflictos familiares y atravesaba días de calle, guitarra y plaza. El local le quedaba enfrente de donde paraba. Cruzó y probó suerte. Lo que encontró no fue solamente una tarea, sino una forma de pertenecer. 

Matías se acercó buscando trabajo. Fue padre a los 15 años, tenía una bicicleta que “se caía a pedazos” y necesitaba salir a hacer cadetería. Está desde los inicios, fue y vino, estudió, aprendió oficios y encontró mucho cariño, “porque fui un pibe muy golpeado en la vida y me faltaba ese cariño”, dijo. 

Padre de Azul, de siete años, Matías habla de responsabilidad con una mezcla de ternura y cansancio. Quiere transmitirle cariño, comprensión y la certeza de que se levanta cada día para que no le falte nada, aunque no siempre pueda darle todo lo que quisiera. Manos a la Obra, explicó, no es una empresa con sueldo fijo: es un trabajo a pulmón, que avanza cuando aparecen tareas y pedidos. Sin embargo, allí aprendió otra economía posible: “Llegué a aprender a mirar más allá de la plata. Por ahí me llevo más que nada una enseñanza”, reflexiona.

El grupo reúne entre quince y veinticinco personas, con movimientos propios de una casa abierta: algunos están todos los días, otros ya consiguieron empleo, salieron de situaciones difíciles y regresan los fines de semana con una gaseosa o algo para compartir. También aparecen las diferencias, como en cualquier familia, pero Isaías lo resumió con una idea: cuando un hermano corrige, no busca lastimar, busca ver bien al otro.

Hacia el final de la charla, Leti les propuso mirar hacia atrás. Matías pensó en aquel chico de 15 años y respondió lo que le diría: “Que siga que se vienen cosas buenas”. Isaías volvió al instante en que cruzó la calle y se encontró con ese lugar que le cambió el rumbo: “Gracias a Dios por haberme encontrado”. A sus compañeros, les dejaron una consigna sencilla y enorme: “Que perseveren que todo, tarde o temprano, llega” y “que no se tiren abajo” porque ellos siempre están ahí para acompañarlos.

Tal vez de eso se trate la tarea más profunda de Manos a la Obra: no solo de enseñar un oficio, repartir comida o abrir un portón, sino de recordarle a alguien que todavía hay un sitio donde puede llegar sin explicación previa y ser recibido. En tiempos en que muchas soledades se vuelven invisibles, una esquina con gente dispuesta a escuchar puede ser una forma concreta de esperanza. Porque a veces salvar no es hacer grandes discursos: es estar, mirar a los ojos y decir, con hechos, que nadie se queda solo.


 

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