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Valenti Pérez, el motor invisible que sostiene un legado

Una charla sobre la transformación de un taller familiar en una empresa de vanguardia reveló que la continuidad se construye con trabajo interior, tecnología y vínculos honestos.

Valenti Pérez podría explicarse como una empresa que rectifica desde micromotores hasta grandes equipos navales y sumó tecnología capaz de ejecutar tareas casi de manera autónoma. Sin embargo, su historia aparece con mayor nitidez en una escena pequeña: cuatro socios que llegan en bicicleta, comparten un mate amargo y se regalan diez minutos antes de que empiece la jornada.

Ese ritual cotidiano asomó durante la conversación que Luciano y Germán Valenti mantuvieron con Leticia Pieretti en SUR + En Vivo. Habían llegado para hablar del reconocimiento a cuarenta años de trayectoria, pero la entrevista fue abriendo otra puerta: la de una familia que debió aprender a mirarse por dentro para continuar una obra iniciada por Roberto Valenti, Enzo “Tito” Valenti y Julio César “el Polaco” Pérez. “Miramos para atrás lo que ellos hicieron, porque hicieron una estructura impresionante”, recordó Germán.

La segunda generación no recibió solamente herramientas, clientes y un nombre conocido. Heredó una manera de estar frente al trabajo. Luciano la resumió en una lista sencilla y exigente: “El trabajo adelante de todo, los valores de respeto, de buen trato, de buena convivencia, de honestidad”. Ese piso común permitió sostener el vínculo entre quienes se conocen desde chicos, aunque no eliminó las diferencias ni volvió automáticas las decisiones.

Convertir un taller en una empresa implicó revisar horarios, organización y hasta la forma de hablarse. Hubo acompañamiento de consultores, psicólogas sociales, economistas, contadores y profesionales de recursos humanos. Crecer exigía reconocer límites. “Creo que es reconocer las vulnerabilidades que uno tenía, los errores que cometía para modificarlo”, explicó Luciano. La transformación personal, entendieron, podía mejorar el funcionamiento colectivo.

La modernización avanzó sobre el hierro: la firma incorporó equipamiento de punta y amplió su alcance hasta el sector naval. Pero la sofisticación no desplazó una convicción artesanal. “Como empresa todavía podemos sostener el trato personalizado”, señaló Luciano. En ese equilibrio entre precisión técnica y cercanía se juega la confianza construida durante cuatro décadas.

También hubo lugar para la memoria de la infancia. Luciano contó que frecuentaban el taller aun antes de la mayoría de edad: iban “para estar, para ver, para oler, para tocar”, sin imaginar del todo que aquel universo sería su medio de vida. Germán fue más directo: “Nunca tuve la visión de estar en otro lado”. Las imágenes de los padres trabajando siguen enlazadas a cada jornada y convierten el presente en una conversación silenciosa con quienes abrieron el camino.

Por eso el premio al Mérito Industrial llegó en un momento especial. No fue leído como una meta aislada, sino como una señal de que la empresa pudo conservar identidad y, al mismo tiempo, cambiar. El desafío no pasa por competir con los fundadores. “Poder igualarlo en valores, poder igualarlo en iniciativa, en fuerza de voluntad, eso sería buenísimo para nosotros”, expresó Luciano. La vara no mide épocas: mide coherencia.

Cuando la charla se acercó al final, los nombres de empleados, socios, clientes, familias y entidades de apoyo ocuparon el centro. Nadie construye cuarenta años en soledad. Tal vez por eso la escena de las bicicletas y el mate dice tanto: antes del ruido de las máquinas existe una pausa compartida, un espacio donde el vínculo vuelve a ponerse en marcha. Allí se recuerda que toda continuidad necesita diálogo, que innovar no obliga a olvidar y que un apellido se vuelve futuro cuando deja de ser herencia para convertirse, cada día, en responsabilidad común.

 

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