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Rita Genovesio: 67 años, una moto, dos ruedas y un sueño por cumplir

A los 64 años se animó a conducir una moto con cambios y hoy recorre rutas y encuentros. Para Rita, la moto es libertad, compañerismo y una pasión que no entiende de edades.

La primera vez que Rita Genovesio llegó a un encuentro de motos sintió que quería esconderse. Había llegado con una pequeña Zanellita de 70 cc y, frente a ella, relucían máquinas que parecían gigantes a su lado. “Yo dije: ¿qué hago acá? Tenía la vergüenza del siglo”, recuerda.

Pero los integrantes de Pata E’ Penca no la dejaron quedarse afuera. “Poné la moto, Rita, junto con las otras”, le dijeron. Y así, con su pequeña Zanellita entre aquellas motos imponentes, se sumó a una caravana rumbo a San Nicolás. Fue el comienzo de una historia que, con el tiempo, se convertiría en una de sus grandes pasiones.

Rita tiene 67 años y recién después de los 60 decidió cumplir aquel deseo que venía postergando desde hacía décadas. Su papá había tenido una moto, pero la vendió para evitar que su hija se subiera. “La nena de grande sí compró la moto”, cuenta entre risas.

A los 64 años adquirió una Zanella Patagonia 150, una choperita que bautizó Lupe, por su segundo nombre, Guadalupe. Su pequeña Zanella 70, en tanto, se llama Geraldine, en homenaje a su papá.

 

El inicio

Nunca había manejado una moto con cambios y fue su marido quien le enseñó. Apenas ocho días después de comprarla, unos amigos la llevaron por primera vez a la ruta. “Yo decía: están locos, chicos”, recuerda. Aquel debut tuvo sus dificultades: la moto se le detenía en los semáforos y los bocinazos no tardaron en aparecer. Pero siguió adelante.

Con el tiempo llegaron los viajes a Pueblo Esther, Las Parejas, Carcarañá y San Martín de las Escobas. Primero su marido la acompañaba en auto y después Rita comenzó a animarse a viajar sola.

Para ella, el mundo de las motos no se reduce a las máquinas ni a los kilómetros recorridos. Lo que más valora es la camaradería. “En los encuentros te hacés amigos, es una familia”, sostiene. Y destaca una regla no escrita entre los motoqueros: si alguien queda detenido en la banquina, los demás paran para ayudar.

 

Filosofía motera

También hay una filosofía detrás de cada salida. Rita sostiene que un viaje no comienza cuando se enciende el motor, sino mucho antes: cuando se prepara la moto, se arma el equipaje y se estudia el recorrido. Carpa, elementos para dormir, calentador, garrafita y pava forman parte de su equipo.

“Tenés que hacerte amiga de tu moto. Tenés que conocerla, conocerle los ruidos”, explica. Y para emprender recorridos más largos prefiere hacerlo junto a alguien que conozca previamente el destino.

 

Sueño cordobés

Su próximo objetivo tiene nombre propio: las Altas Cumbres. Es un sueño que espera poder cumplir y, si llega el momento, quiere hacerlo acompañada por compañeros de ruta que ya conozcan el camino.

Mientras tanto, continúa pendiente de los motoencuentros. En septiembre espera participar de uno en Las Parejas y también tiene previsto otro en Carcarañá. En varios de esos encuentros, su presencia genera una particular admiración. “Cuando me ven llegar sola en la moto, a la edad que tengo, me dan menciones especiales, me dan mimos”, cuenta.

Rita no tiene pensado cambiar a una moto más grande. Lupe, dice, es la indicada para ella. Es cómoda, permite apoyar bien los pies en el piso y no resulta demasiado pesada. “Pesa 130 kilos de energía”, bromea.

Y si hay algo que quiere transmitir, especialmente a otras mujeres, es que nunca es tarde para animarse. “No hay edad para la moto”, afirma.

 

Vida y libertad

Para Rita, subirse a Lupe significa mucho más que trasladarse de un lugar a otro. “La moto es vida, la moto es libertad”, repite. Dice que arriba de ella logra olvidarse de todo, concentrarse en el camino y hasta hablar con su propia moto dentro del casco.

Por eso su mensaje final es sencillo: animarse. “Salgan, porque se van a hacer el viento en la cara y el ruido de tu motor. Es algo inolvidable”.

Y Rita lo sabe bien. Porque aquella mujer que un día llegó con una pequeña Zanellita y no se animaba a estacionarla entre las grandes motos hoy tiene sus propios kilómetros, sus amigos de ruta y un sueño pendiente: las Altas Cumbres.

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