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Padre Diego, una vida de fe más allá de las solemnidades

Una conversación íntima por su cumpleaños permitió conocer al hombre detrás del sacerdote. Diego es un cura que disfruta de lo que hace y encuentra en el trato cotidiano una manera de escuchar y acomp

Diego Bulfoni no necesita ponerse solemne para hablar de Dios. En la charla con Leticia Pieretti en SUR + En Vivo hubo bromas, recuerdos familiares y palabras de una fe que siente cercana. La entrevista, en el marco de su cumpleaños del 1 de noviembre, fue también una ocasión para agradecerle al sacerdote que llegó a Villa Constitución el 9 de marzo de 2018.

Con Dios tiene confianza incluso para enojarse. Le ocurre cuando alguien le cuenta una situación dolorosa y le sale reclamar: “Che, pará un poco, ¿por qué no tirás un centro alguna vez para este lado?”. No esconde esa reacción ni la considera una falta. Después viene el tiempo de convertirla en oración.

Cuando Leticia le pregunta por su relación con él, Diego responde desde el corazón: “Yo siento que está conmigo”. Dios está primero, en la vida que recibe cada día, en su vocación: “Sé que existe y que hace mucho más por mí de lo que yo hago por él. Entonces eso me sostiene a mí”. No habla de alcanzar una exigencia, sino de saberse querido.

 

También hijo, también hermano

Ser cura no estaba en sus planes. Cerca de los veinte años estudiaba Ciencias Económicas y trabajaba en un bazar de Rosario. Se reunía con amigos para rezar por otro que estaba enfermo y allí apareció una pregunta que dejó pasar. Pero volvía cada dos o tres meses. Hasta que buscó un sacerdote con quien hablar. Todavía no tiene una explicación para aquel llamado, lo vive como un misterio, como algo que le regalaron.

A sus padres les costó aceptar la elección. Al principio ni siquiera iban a visitarlo al seminario. Verlo contento fue aflojando la resistencia. 

En la entrevista, el recuerdo de su madre abrió otro momento de esa historia familiar: falleció hace siete meses y Diego encuentra paz en la manera en que pudieron despedirla. Ahora, junto con sus cinco hermanos, está más pendiente de su padre, que perdió a su compañera. Son muchos y se sostienen entre todos.

 

La alegría de compartir sus días

De su agenda, dice que lo mejor es el almuerzo. Hace la broma y enseguida retoma el hilo, aparecen los chicos de las escuelas y la catequesis. Sus días cambian con cada llamado, a veces cansan, pero hay algo que repite: “Me gusta mucho lo que hago”. Doce años como formador en el seminario le enseñaron a convivir, a hacer silencio, a no responder de golpe. A esperar los tiempos del otro, no los propios.

Durante la charla, Leticia le muestra un video que reúne a algunas de las muchas personas que lo aprecian y valoran. En sus mensajes aparece el amigo, el miembro de la familia y hasta el segundo padre que encuentran en él, por su cercanía en las alegrías y en los momentos difíciles. No están todos los que podrían sumar su testimonio, pero esos saludos alcanzan para mostrar el lugar que ocupa en tantas vidas.

Escucha con atención y reconoce que no le gusta ser el centro de atención, “bueno, ninguno habló tan mal”, resume acudiendo otra vez al humor que lo caracteriza, y acto seguido agradece desde el corazón cada palabra. 

Así es el Padre Diego, alguien que se entusiasma cuando otro descubre que no tiene que hacer méritos para ser querido y que se refiere a eso cuando habla de Dios. Alguien que cuando le agradecen su cercanía, no se atribuye nada especial. Para él es natural; pero para quienes lo tienen cerca, hace una diferencia. Así es el padre Diego: alguien que no siente ser extraordinario, pero es importante para todos.

 

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